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El juego infantil liberado de estereotipos

  • Foto del escritor: Centro Semilla
    Centro Semilla
  • 30 mar 2018
  • 3 Min. de lectura

¿Los niños deben tener muñecas?...


A propósito de todo el cuestionamiento que se ha levantado alrededor de la implementación de un enfoque de igualdad de género en las instituciones educativas y en nuestra sociedad, es inevitable pensar y hacer más visibles las diferentes manifestaciones cotidianas y tan comúnmente normalizadas de los estereotipos y paradigmas sobre el género, tan firmemente arraigados en nuestra cultura. Si bien en el Perú existen públicamente grupos y asociaciones abanderados de una supuesta moral y de un anacrónico conservadurismo, existen también esquemas mentales y actitudes más encubiertas, legados de una sociedad patriarcal y machista.

En mi trabajo como psicóloga de niños, he podido encontrarme con el miedo y la suspicacia de muchos padres –curiosamente, más en el caso de los hombres que de las mujeres–, al ver que sus hijos hombres se interesan por jugar con muñecas o con juegos que social y tradicionalmente se asocia sólo con las niñas. Estas actitudes tampoco suelen ser ajenas a los maestros y maestras de instituciones educativas. Me pregunto: ¿Qué es lo que los moviliza? ¿A qué se debe este rechazo y temor? ¿Será acaso que piensan que el juego determinará la identidad y orientación sexual de sus hijos? ¿Qué lugar ha tenido para ellos el juego en su infancia y cómo lo vivieron? Aunque no existan respuestas únicas a estas preguntas, por la complejidad de causalidades y características particulares de los padres, madres y, en general, de los adultos significativos a cargo de la crianza de niños y niñas, sí resulta significativo y pertinente enaltecer el juego infantil para poder valorarlo.


En primer lugar, pensar que es en el juego (de lo contrario, ¿en qué otra actividad?) donde niños y niñas reproducen y recrean las experiencias de cuidado vividas con sus propias figuras maternas, colocando en escena aquello que internamente se ha inscrito y ha dejado huella de protección y seguridad en su ser. Para los niños, jugar significa reasegurarse afectivamente y vincularse con la ternura, aproximarse al otro, dar y recibir, y ampliar su mundo social más allá del familiar. En segundo lugar, es en el juego donde los niños y niñas también recorren ese pasaje transicional de “dejar de ser bebés” para ser niños o niñas, tomando distancia de un lugar para pasar a otro y asumir los nuevos retos que implica crecer y hacerse grandes. Jugar a ser bebé o identificarse con un muñeco bebé puede aliviar las tensiones de la llegada próxima del hermanito que está en camino, por ejemplo. Además, pueden elaborar conflictos relacionados al dolor, cuando representan las visitas al doctor y pueden vivir activamente lo que experimentan pasivamente en lo traumático de estas experiencias. Es el juego lo que les permite empezar a hacerse fuertes para tolerar la tristeza y desazón que en algún momento la vida les traerá, y para superarlas, avanzando en su vida.

En tercer lugar, el juego en sí mismo es una fuente de aprendizaje y enriquecimiento personal y social. Le ofrece tanto al niño como a la niña la posibilidad de flexibilizarse y ser versátiles ante la complejidad y cotidianidad de la vida, aportando distintos matices al lugar que ocuparán en su comunidad. ¿O es que acaso un niño sólo está destinado a ejercer el rol de “padre proveedor” y la niña a convertirse en madre “trabajadora del hogar”? Es desde el juego y la cotidiana convivencia, donde podemos propiciar la construcción de nuevas masculinidades más autónomas e independientes, enriqueciendo su lugar en la sociedad. Y podríamos pensar en muchos ejemplos más de por qué la apertura para jugar con cualquier juguete que les interese a los niños y niñas puede hacerlos personas más versátiles, libres y listas para afrontar el mundo real, que no tiene fronteras de roles hoy. En ese camino es fundamental el acompañamiento respetuoso y la disponibilidad para jugar de los padres y maestros, como aliados en la transformación de una crianza menos sexista y más igualitaria. Pensemos en esto, y démosles a los niños y niñas nuestro más valioso patrimonio y legado: el derecho a jugar libres de estereotipos y mandatos sociales, formando, desde ese universo, la solidez y versatilidad humana de los ciudadanos que serán pronto.


Por: Adriana Pardo, Psicóloga

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